
Se me ocurre que los niños hacen bien. Que la ternura de la mirada que tienen del mundo nos devuelve a nuestra propia ternura. Están tan conectados que sus sentimientos, la risa, el miedo, la bronca, la alegría... y eso nos conmueve.
Además de la forma inmediata de captar lo absurdo del mundo y reirse de él, de aquello que hemos naturalizado hace rato, justamente cuando nos despedimos de nuestra niñez.En el mismo instante en que comenzamos a dejar de maravillarnos y desconcertarnos, en ese momento en que nos volvemos funcionales, los chicos hacen bien, aparecen para volver a recordarnos lo importante y lo secundario.

Vivir un diálogo con niños con frecuencia, nos conecta con el que ya no es pero habita en nuestros confines. Nuestras celulas se han regenerado todas pero nuestro espíritu de niños puede resucitar cada vez que se anima.
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