Hay noches que sabés que solo tienen que pasar. No hay placebo, ni optimismo de estación, agradecés todas las bendiciones recibidas, cada una de las no merecidas, pensás bien en el debe y el haber, chequeás la lista de calamidades y catástrofes de las que te has salvado una y tantas veces pero la tristeza ha anidado en un lugar y empollará cada uno de los espasmos que vengan.Si pusiera mi mente en barbecho podría decir que es una mezcla de duelo solitario, pérdida irrecuperable batida a toda máquina con la incapacidad absoluta de motivarnos/alegrarnos/etc... Como si la verdadera sensación de callejón sin salida, de -ahora sí que no hay vuelta atrás y una nostalgia, morriña, saudace indecorosa te decorara el rostro de pesada resignación. Tal vez podría decir que se trata de un lamento interno, salvaje, originario, que llora al niño que es y ya no es, que se ha perdido de una vez y para siempre.
Sin embargo, hay noches que sabés que sólo tienen que pasar, porque cualquier cosa que hagas para escaparte te devolverá sin duda al mismo lugar, te vas quedando sin voz, sin palabras ni partituras, cerrás los ojos. Te vas viajando en cuatro ruedas por una ruta hacia un no-lugar y salís liberado de todo lo que no podes mover.
Es en ese momento de máximo alejamiento que te das cuenta que esta noche no es más que parte del viaje.
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