
Nunca deja de sorprenderme el modo en que la celebración y el festejo se han ido vaciando de sentido en el mundo moderno.
Podemos rastrear desde Baco hasta Canaan y desde el Potlach hasta el carnaval andino un continuum en el que el mundo social suspende sus estructuras para entrar en communitas, como bien llamaba Victor Turner (antropólogo) al espíritu de comunidad, un sentimiento de gran igualdad social y proximidad. Estas situaciones de liminalidad compartida son las que refrescan al hombre y le permiten retornar renovado, hay mucho de rito de pasaje, de ascenso, de barajar y dar de nuevo en las grandes celebraciones.
En la modernidad estas instancias se han ido resecando, quedando así las sustancias psicoactivas, la música y el baile despojados de su anclaje con los ciclos vitales del mundo socioespiritual.
El hombre agobiado y aplastado por las estructuras sociales comienza a buscar con un impulso interno arrollador salirse de ellas y se topa en el camino con un boliche de música brasilera y así como en un loop va rebotando de bar en bar y
cantina y cantina hasta verse rodeado de gente, embriagado hasta reventar y bailando de tal modo que atraviesa las fronteras de lo decoroso sin avergonzarse.Nos hemos quedado sin razones comunes para celebrar y el impulso interno que puja por parir una instancia de comunión y anti estructura se convierte así en una trampa en solitario. Este transito de fin de semana y after office, lejos de devolver los lazos renovados, simplemente conduce a seguir buscando el paraiso perdido en un círculo de eterno retorno en el que El Dorado, famoso lugar que escondía tesoros inimaginables entre los guaraníes, ahora no es más que un boliche de la calle hirigoyen.
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