
Pertenezco a la generación de los que nos desayunamos con la vida misma en el ocaso del menemismo, y aún con resabios de burbuja consumista e ilusoria y embriagados, como no, del elixir de la irrealidad de nuestro país amanecimos un día en el que todo empezó a acabar. Nos pasamos unos cuantos años echandole la culpa a la convertibilidad de todo lo que habíamos disfrutado sin medir las consecuencias, de los anhelos de grandeza jamás cumplidos y del esfuerzo de adaptación al subdesarrollo que debimos emprender sin paracaidas. También nos llenamos de ira por pertenecer a una nación que no estaba a la altura de sus jóvenes, para brindarles las posibilidades que su formación, pretensiones y mandatos familiares merecían. Como muchos, tuvimos que abandonar la receta de la carrera univesitaria como condición para la seguridad material y el ascenso social así como también desterrar la ilusión de que vivíamos en una góndola latinoamericana con reposición inmediata de cuanto adquiriéramos en cómodas cuotas.
Pertenezco a una generación que comienza a desperezarse de la negación que la vio nacer y luego de machetear campos de ira, proyección, y cuanto mecanismo de defensa hubiere a mano se ve una que otra cana y se pregunta ¿De qué voy a vivir? Ya que aquello de la espaciosa libertad para ser lo que desees nos fue arrancado con la misma suavidad que una curita después de cuatro días.
Pertenezco a una generación que tiene espiritu de clase media en pantalones descocidos y que ya ni se atreve a pensar más allá de esta semana.
Como el yonqui que después de remontarse cual barrilete al viento se mira al espejo y ve qu hace rato que no pisa tierra, nuestra generación está volviendo y ve que ya no hay título, padres, cursito de inglés ni mini pyme que aguante.
La generación que creció con Menem, pizza con Champagne, vacaciones en Brasil, zapatillas importadas, Eurailpass, gaseosas made in Corea e intentó ingresar en la vida adulta a bordo de un helicóptero que dejo la azotea de la casa rosada en diciembre del 2001.
Dicen que para que los niños crezcan seguros de sí mismos hay que darles una rutina agradable y predecible, para que no sientan la ansiedad de lo cotidiano y puedan usar su tiempo libre para explorar, para avanzar.
La crisis terminal se volvió puesta en escena, ya no estamos en transición, aceptemoslo: Vivimos en nuestra tierra austral infundados de un batido iluminista con gotas de primermundismo on the rocks.
Me pregunto entonces ¿Debemos ajustar la realidad a nuestra cabeza o nuestra cabeza a la realidad? Lo cierto es que hay un duelo por hacer, hay que enterrar y llorar aquello que alguna vez quisimos ser y ya no seremos y calzarnos el mameluco. Manos a la obra. Abajo de aquel holograma hay alguien que puja por existir.
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